31 de octubre de 2013

La revelación.




Le miró con rabia. ¡Qué descaro! ¡Qué poco caballero! Los cinco chantajistas seguían ahí. Su Susurro seguía ahí, inmóvil como el resto. Con razón el predicador seguía soltero.

-Me has... llamado... ¡¿fulana?!

Frunció el ceño y respiró firme mirándola con esos ojos horribles, dispuesto a ser un hombre.

-Así es - el sensual susurro del viento tensó las dos miradas de silencio -. Y así lo pienso. Fulana.

Apretó los puños y los dientes. Malnacido. Buitre. Nadie insultaba a una señorita hecha y derecha como ella. No osaría que nadie le faltase el respeto.

-Pues me da igual - dio media vuelta y se fue, ondeando sus cabellos rubios y ropas rojas.
-¿Qué? - con los ojos como platos comenzó a seguirla, pero no en cortejo.
-Que me da igual. ¿Estás sordo? - sus dedos suaves y puntiagudos rodearon su boca -. Rebota rebota y en tu cara blanca y fea explota.
-Pero, ¿se puede saber qué clase de inmadurez tienes? - él preparó su espada blanca, y la seguía en un baile diferente -. ¡Estamos discutiendo! ¡Vuelve aquí!
-No. Tú estás discutiendo. Yo estoy debatiendo, y no me gusta absolutamente nada tu agresividad.
-¡Soy tu enemigo y te exijo volver, o te ensartaré por la espalda!
-Tu agresividad me es completamente indiferente.
-¿Te estás escuchando? –el clon del arzobispo comenzaba a desesperarse y era divertido -. ¡No eres coherente! Normal que no quisieras unirte al Maestro… ¡Eres un número perdido!

Dos cartas salían de su muñeca y comenzaban a girar a su alrededor, brillando y reflejando las luces de la batalla y permitiéndola desaparecer de su posición. Él gritó de rabia, pero la notó llegar cuando apareció a su espalda, y ¡vaya educación! Llegó a cortar su manga por casualidad en un movimiento impulsivo. Y muchas cartas acribillaron su cuerpo separando piernas de brazos.

-No soy un número perdido, soy un ser pensante y sensible enfadado. ¡Mira qué corte has hecho! Y yo que quería darte una sorpresa por la espalda… -bajó el brazo y le miró a sus feos ojos -. Puedo sufrir sin heridas. Puedo ser feliz con un simple te quiero.
-¿Y acaso te crees que no sufro? –el clon golpeaba al aire diciendo groserías, enfadado -. ¿Acaso te creías superior? ¡Yo tengo la razón, porque soy el dueño de la lógica! –una carta gigante reflectante se rompió cuando la cortó, y no podía quejarse el infantil Mitra que se encontraba justo detrás, inmóvil cuando le cortó el señor de la contradicción y la irracionalidad -¿Y qué eres tú? –se ocultó la dama -. ¡Contesta! ¡Yo soy el señor de todo lo que se piensa y relaciona! No eres más que un error. ¡No eres más que una mente dependiente de una mujer que se atreva a aguantarte! ¡Vives por los demás sin ningún objetivo en la vida!

Golpeaba el aire, el brusco y loco blanco. Error y dependiente. Podía ser, y pese a su orgullo tendría que darle la razón. Vivía gracias a ella, a esa persona que soportaba a Mentes y que la mantuvo sin morir mientras cortejaba al polvo y silencio en aquellas salas oscuras y tenebrosas del olvido. No tenía objetivos, porque nunca se planteó tenerlos. No era como el resto, no era una mente cualquiera, muerta de no ser por la piedad del verdadero arzobispo, que podría haber acabado con muchos de esos repelentes enemigos a cambio de acabar con su vida dudosa. El hombre que la salvó y que ni la miró a la cara cuando volvió entre ellos de nuevo…
El buitre golpeaba a ciegas, confundido por las luces reflejadas, por las cartas que venían de todas partes, pero la carta escudo paró ese último golpe, y se rompió una uña. Las dos miradas se encontraron.

-Tienes razón, soldado. Tienes razón en lo que has dicho.

Sus ojos se humedecieron en una mueca de rabia y angustia.

-Pero contéstame a una pregunta. Sufres, sí, pero quiero saber cuándo eres feliz.
-Yo… –bajó la cabeza, dolido -. Cállate. Asquerosa furcia. ¡Aléjate de mí! ¡Te mataré!
-Estás más muerto de lo que piensas, Razón. La reina de corazones que te lancé se quedó incrustada en tu corazón.
-Pues entonces dame tiempo para desgarrar la carne con mis uñas y sacar la carta en el interior de mi inexistente latidor –sus ojos dementes se iluminaron.
-Es tarde, querido mío. Fuiste infectado por el peor de los venenos.

Miró a los ojos a la bella mujer que sostenía su arma con su escudo de corazones. Poco a poco relajó su brazo, deslizando la espada hasta caer como un péndulo brillante sobre su extraño brazo caído.

-¿Y cuál es ese?
-El veneno del rechazo.

Sus pupilas se contrajeron, el color de sus ojos se deshizo. Se alejó la princesa con su corona, mientras el cuerpo del reflejo de su salvador perdía forma sólida, en una horrible visión de muerte. Chascó sus dedos, y las cartas negras que atrapaban a los cinco acosadores cerraron sus fauces, en un espectáculo clamoroso pero silencioso. No fue bonito, pero solo quedó el silencio.

Ella habría ganado cada asalto, ella lograba cortar con su acero azabache un músculo vital para el combate. Una el tendón del brazo, otra el gaznate, cada vez que lo hacía una energía de su estómago emergía y conquistaba su cuerpo hasta dar al corazón un vuelco. Ojalá pudiera vencerle. Ojalá su adversario fuera inmortal.
Ganaba él cada asalto, no parecía sentir dolor, no parecía sentir miedo. Y esos eran los únicos poderes de la guerrera: acometida tras acometida, las heridas mellaban los cuerpos enemigos mientras ella se erigía como una figura de resistencia y respeto. Una figura de temor.
Los golpes comenzaron a hacer mella en sus reflejos, en su capacidad de hablar y escuchar.

-Ojalá estuvieras a la altura. Ojalá fueras un enemigo digno, cachorrita.
-¿Por qué veo a Humilde en tu rostro pero no en tu lenguaje? Él era más comedido y respetuoso. Menos prepotente.

Rió, aquellos golpes repetidos que querían atravesar su muro de orgullo.

-Justo lo que quería que dijeras -cargó contra ella, cogiendo a tiempo la muñeca que no le atravesaba con su espada y rodeando su cuerpo con el brazo libre -. No soy... diferente. Soy igual a él. La mente fría... -un pequeño gemido de debilidad se escapó por los labios femeninos -. La falta de piedad... La ira, las ganas de destrozar todo, de sentirme obligado a no saberme superior ¡sabiendo que mi habilidad e intelecto superaban a cualquiera!

Sus perlas marrones se pegaron a las suyas moradas, citrino contra amatista, labios frente a labios. Su alma se encogía ante la frialdad de aquella cálida situación. Su espíritu palidecía, pero ella prevalecería. Aquel Humilde no podía ser su Humilde.

-¿Por qué debería mostrar humildad y prudencia si sé perfectamente mi capacidad? Todos presumen de sus virtudes, ¿por qué yo no? ¿Qué es de toda esa gente que no conoce mi mejor cara y se queda con una visión mediocre de mí? –su gesto fue de furia -. ¡Yo no soy mediocre! ¡Vosotros lo sois!

La empujó, intentando apropiarse de su arma, acción castigada por el rebanamiento de su antebrazo. Ya no sentía lástima por él. Cerró los ojos enfocados al cielo.
La luna se ocultó por momentos en la oscura noche. Solo ruido de metales. Solo gemidos de dolor. Más allá, podía sentir a sus compañeros luchando a muerte contra él.
No había gloria en aquella batalla, más que el descanso en su desenlace.

-Tú no eres el Humilde que yo conocí. No eres más que un basto muñeco con su forma relleno de ideas malvadas. No eres él.
-¿Acaso crees que yo no le represento? –sonrió con una mirada demencial -. ¿Acaso crees que no sabía el error de Razón antes de que Grand Suffer os engulliera? Me lo callé porque yo era mejor que todos vosotros, y no erais dignos de estar preparados para sobrevivir.
-No es cierto…
-¿Acaso crees que te quería? ¡Solo te seguía aquel juego por compasión, porque parecías contenta cuando te engañabas a ti misma pensando que no me aguantabas!
-¡Cállate!
-¿Acaso crees que te salvé la vida? ¡Eso fue un error, que de haberlo sabido no habría dudado en dejar que aquel monstruo me diera la paz matándote!

Un grito de rabia emergió de cada poro, cada ápice de energía fue liberado en un glorioso trueno que impactó contra sus manos. Se arrodilló ella, sus piernas pesaban mucho. Él gruñó, atrapando aquella fuerza en sus manos, absorbiendo cada parte de su ira. Un ataque inútil. Una esperanza perdida. La rabia, el dolor, ella le amaba, pero no podía decirlo, no podía. Porque él lo sabía, y había aplastado su esperanza con un martillo, como la piedra al moler el grano. No había gloria. No había honor en su caída. Ella siempre quiso ser como el ser que había enfrente. Una equivocación que perduró una vida, pues el Humilde que conoció era un monstruo enmascarado de dulzura.

-Ojalá hubieses sido diferente, Humilde. Ojalá hubieses sido bueno.

Sus pupilas se contrajeron, su mueca de sufrida respuesta. La luna volvía a emerger entre la asfixiante atmósfera de batalla.

-Ojalá –dio media vuelta, perdonando la vida de la luchadora -. Ojalá. Pero no lo soy. No soy perfecto. No soy tan puro como vuestros corazones. Estoy condenado… ¡lo sé! Pero ese es mi destino. Ser mejor que vosotros, y pudrirme de odio entre sufrimiento. No me arrepiento, ¡porque no puedo arrepentirme! –la miró -. No hay nada que puedas hacer. Nací para odiar, Luchadora.

Luminosa revelación. Fulgurante esperanza. Sus piernas recobraron la fuerza al ver en aquellos ojos terrosos un resplandor de arrepentimiento.

Sin ninguna duda, lo que más odiaba de volar era el viento golpeando los ojos, secándolos. Era más económico que aparecerse instantáneamente en otro lugar, pero no había nada como caminar, no gastaba energía ninguna. Pero Mentes se había empeñado en derrotar a Sever antes de empezar los exámenes de recuperación, y eso solo les daba apenas treinta días para encontrar su punto débil y apretarlo hasta derrotarle. Y tal como veía la situación, no parecía que la cosa avanzase mucho. Una maraña de clones que pasaban alrededor vociferando y maldiciendo, con esas frases llenas de odio que ni merecía la pena escuchar. Algunos habían muerto, sí, pero no servía de mucho, y menos cuando los poderes de Servatrix menguaban y el cansancio comenzaba a notarse entre los aliados.
No hacía falta ver los ojos a nadie para darse cuenta de ello.
Algunos perdían el tiempo cargando contra él, y acabaron partidos en dos o algo mucho peor, pero no tenía tiempo para sellarlos o matarlos. Su misión era importante, Lágrima Valerie era sospechosa de algo gordo, pues Erudito vio lógica aquella acusación, lo vio en sus ojos. Dudó al recibir la información de alguien inconfundible como Mentes, pero su razonamiento mental tenía sentido: el dolor y el odio podían estar relacionados directamente. Aún no sabía cómo, pero esa era su misión, y no estaba para luchas estúpidas. Algunas de las mentes que combatían deberían vivir de primera mano los horrores que se estaban formando en el tercer nivel, a ver si espabilaban.
Una luz le hizo apartar la mirada del frente por primera vez, un monstruo gigante de fuego, a medio camino entre un águila, un león y un huracán. Quemaba los clones y deshacía a los clones, esparciendo los trozos de sus cuerpos en la tierra seca. Mostró una mueca de lástima, era una pena ver cómo la guerra sacaba lo peor de cada uno. No necesitó ver los ojos de aquel monstruo para ver la impotencia, mientras movía alas y garras derribando cada enemigo a su alrededor, evaporando el océano a su alrededor. Stille al fondo sellaba con rapidez con esas agujas negras cada trozo de cuerpo. Efectivo, pero arriesgado, ese monstruo estaba muy cerca de la cúpula.
Había recorrido mucho campo de batalla, pero no había ni rastro de Lágrima, se había ocultado. Voló, destrozó aquellos clones que intentaron ir a por él, Duch se le quedó mirando con extrañeza, y él vio sus ojos y comprendió que con la guerra no se dio cuenta de su nueva incorporación. Duch, la imagen de la tranquilidad de Mentes, estaba a punto de colapsar.
Un brillo de metal en la profunda oscuridad le hizo mirar, en un punto alejado de la batalla. Y allí estaba: Lágrima Valerie, de perfil, arrodillada sobre el aire se tapaba el vientre con sus manos. Dos clones la miraban, sin atacar. ¿Qué pasaba? ¿Qué hacían? Necesitaba contacto visual, ¡y rápido!
Cambió la trayectoria, tratando de buscar su rostro, pero había bajado la mirada. ¿Quiénes eran ellos? ¿Sus cómplices? Uno apoyaba su rifle en el hombro. ¿Por qué se tapaba ella? ¿Eso era sangre?
Un clon que parecía el de Optimismo apareció en su cuadro visual a toda velocidad y directo hacia la muchacha. ¡Debía actuar rápido! Pero no le daba tiempo a bajar, posiblemente tuviera los ojos cerrados…
Entonces, con una lágrima corriendo de su ojo derecho, ella alzó la cabeza y miró al clon del rifle.
El clon de Optimismo cargó contra Lágrima, rodeando su cuerpo con sus brazos y desapareciendo instantáneamente del lugar. Los otros dos no perdieron tiempo, y se fueron también.
Entre los gritos y el vocerío Dante se quedó solo en aquel lugar apartado, con los ojos abiertos y los dientes apretados.

-Mentes, aquí Dante - colocó dos dedos en su cabeza para concentrarse mejor -. No se va a creer lo que he alcanzado a descubrir…

Repasó bien la información que había logrado extraer de aquella muchacha.

-No andaré con rodeos. Los poderes de Lágrima y Sever se encuentran conectados. Ahora mismo la muchacha está herida, pero si alguien la matara, Sever moriría con ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario