30 de abril de 2013

Sagrario.


Todos se giraron. Firmes, serios, todos me miraron.
Al fin. Todos ellos. Todos me representaban.
Mis mentes.
Todo encajó en mi cabeza y me pregunté cómo pude ser tan tonto, negarme la realidad tan evidente.

-Mentes...
-Al fin nos reconociste.


Guardando sus armas, se inclinaron levemente. Optimismo, baluarte de mi esperanza. Social, el sabio de personas. Servatrix, la protectora de mentes. Susurro, mi vía de escape y creadora de herramientas. Erudito, el investigador de conocimiento y potenciador de las herramientas de Susurro. Stille, guardiana de mi silencio. Humilde, profeta de mi estilo de vida. Razón, estabilizador de mi mundo. Todos. Todos, menos Repar, Lágrima y Luchadora.
Al fin mi mente desde varios como una sola... un batallón de herramientas humanas sincronizadas, y yo el resultante de todas ellas, su viva imagen, la representación interna de mi estado mientras intentaba explicarme por qué en la red mis amigos atacaban mi modo de ver la vida si no lo comprendían.

-Me siento... mejor -dijo Razón, cuya armadura brillaba de nuevo y tanto ella como su mirada se veían más sólidas -. Erudito estaba en lo cierto. Si batallamos juntos ahora, podemos ganar.
-¿Cuál es el plan, Mentes?

Miré a todos mientras alzando las manos comenzaba a caminar hacia la puerta.

-Primero, saldremos de aquí. Stille -señalé los boquetes -, encárgate de que nada llega a este lugar. Crea un campo de fuerza si es necesario -asintió, colocándose en posición -. El resto, vamos fuera.
-¿Al Observatorio?
-Al exterior de la Isla -dije, sonriendo.

Comenzaba el contraataque.

Toqué despacio la hierba ya no tan fresca de Isla Magna clavando el espadón en la tierra para poder sostenerme. Los árboles que no se habían arrancado, tronchado o llevados por otra isla se veían tenues y oscuros. Un fuerte viento azotaba el lugar, y no era solo por la fuerza a la que a gran velocidad girábamos. Una isla grande pasó a pocos metros de la cúpula más alta del Observatorio.
Llegando tarde a la cita, cuatro nuevos tentáculos se dirigían de Isla Polar en dirección a nosotros. Uno para distraernos, tres a por El Corazón... ¡Atentos todos!

-¡A por ellos! -gritó Optimismo, con la cara menos ensangrentada desde que Erudito acabó de leer, y que sin dudar corrió a lanzarse al vacío para cabalgar uno.
-¡Aliviad peso a Stille! -gritaba mientras comenzaba a caminar hacia el borde de la isla con ayuda de mi espadón.
-¿Podrás hacerlo? -Servatrix se dirigió a mí por última vez.
-Claro -contesté después de mirar arriba, a la Isla Polar.

Ella apareció frente a mí agarrándose de mi pecho y sujetándola de la cintura me puso en el cuello un colgante de plata con una esmeralda tallada en su centro.

-Contiene parte de mi poder. Úsalo si te ves débil, por favor.
-Religión es un tirano -la miré, besándola en la frente mientras su melena clara me golpeaba a merced del viento -. Y los tiranos jamás podrán vencer el camino de la libertad.

Entró con Erudito al Observatorio y continué mi camino. Un tentáculo apareció. Asustado, me coloqué en posición cuando Razón le embistió con rapidez. A él le lanzó lejos, pero supo equilibrarse y aterrizar con estilo en otra isla. Su batalla se alejó de mi posición.
Miré con nerviosismo la nada a mis pies y el cúmulo de islas girando vertiginosamente ante mí. Mientras ellos luchaban, yo me enfrentaría a él. Sabía que estaba equivocado, pero los recuerdos del pasado me perseguían. Llegué a criticar destructivamente a la religión, como el resto, pero no se me había ocurrido llegar hasta algo más... algo más... pues vencerle supondría superarle en todos los ámbitos. Pues mis ideales eran mi religión, el sentido a mi vida. ¿Verdad?
Era la hora.

El aire besó mi piel más fuerte que nunca mientras me dejaba caer al vacío. El sonido grave de la roca moviéndose apareció ante mí y una nube de polvo se originó en la isla en la que bruscamente había aterrizado.
Iría saltando hacia Isla Polar.
Miraba rápido los movimientos caóticos pero constantes de las islas de alrededor. Tenía ruta.
Corriendo salté al vacío con la precisión calculada de un cirujano. Nada que pedir, nada que temer, y mi espada horadó la roca de la pared de una. Haciendo mucha fuerza en los brazos logré saltar sobre ella y aparecer en la siguiente isla con el tiempo justo para dar una voltereta y sentir cómo un gran trozo de de roca rozaba mi cuerpo por arriba a toda velocidad y lo levanta al pasar, agarrándome con las dagas de Stille.
Nada que temer, nada que odiar, Stille se quedó sin armas contra su adversario solo un segundo, pues desaparecieron de mi mano y recuperando el espadón abriendo únicamente la palma salté a plomo contra una isla destruída por otra que dirigía uno de sus fragmentos hacia arriba.
Sin piedad, sin venganza, ganando metros reflexionaba. Derrotaría a mi adversario con el respeto que él creía tener, él creía tener... pero su prepotencia lo llevaría a su destrucción.

-¡Soy Carlos, y jamás perderé un combate! -gritaba antes de permanecer más de cinco segundos en el aire y aterrizar resquebrajando la isla.

No tenía el poder de hace un año, ni siquiera tenía el poder de hacía dos días. Un aura azul eléctrico rodeó mi cuerpo y mi arma, y me hizo soñar en el superhombre que mataba a Dios. Matar a Dios...
Ahora lo comprendía. No era cuestión de creerse supremo, sino de tener la fuerza suficiente para no depender de la autoridad de la Religión. De ser, en ese sentido, libre.

Las rocas se movían muy deprisa, pero yo las frenaba con mis reflejos. Los saltos eran muy largos, pero yo los acortaba con mi fuerza. Llegar a Isla Polar, cansado, pero yo lo compensaría con mi energía. El enemigo era terrible, pero le derrotaría con mi mente. En mi mente. Con mis mentes.
La fuerza con la que aterricé en una isla la partió, y de poco no caí al vacío. Debía concentrarme, y dejar de ser tan bruto. Pero yo debía ser bruto, era mi rol, era mi espadón, pero yo controlé la espada liviana de Razón, pero era fuerte, ¿pero rápido? La técnica... ¡la técnica era lo que llevaba a mis amigos a criticarme continuamente!
Resbalé agarrándome como pude al extremo de la piedra, cayendo mi espadón y casi mis esperanzas. "Céntrate, Carlos, por Dios" me decía. "No más recuerdos, no más fantasías". Un trueno cruzó el mundo cerca de mí y la fuerza a la que girábamos era demasiado grande...
Me solté cayendo en una isla, rodando y maldiciendo. Debía continuar subiendo. Miraba a la Isla Polar, tan alejada, tan...

-¡Al cuerno! -grité envolviéndome de una gran cantidad de aura azul, que me llenó de vigor y volviéndome por momentos inmune al giro comencé a correr hacia ella.

Los últimos saltos fueron los más difíciles, pues todo giraba mucho más rápido, y las islas medianas eran ahora esquirlas que arañaban mi cuerpo y cara, y no era capaz de pararlas todas con la energía que brotaba de mi espíritu.
Se alzaba ante mí cada vez más cercana, aquella isla de forma piramidal invertida. En su base, arriba, un núcleo morado que extendía su energía translúcida en forma de esfera por toda la isla, saliendo de él los tentáculos. En su punta una fuerza giraba a toda velocidad, girando el mundo y brillando con intensidad.
Se abrió ese núcleo por un corte de mi espada, y antes de que volviese a regenarse estaba dentro, con el puño desarmado apoyado en el suelo.
Silencio, solo el sonido de mi respiración profunda.

-Así que has venido -una voz grave, potente y envolvente hablaba desde su posición, pero yo la sentía dentro de mí.

Alcé la vista para observar a un enorme hombre fornido, de edad avanzada y barba blanca sentado sobre el gran núcleo que tenía la forma de un trono, y de cuya parte trasera brotaban los cuatro tentáculos. Una gigante túnica de color marrón claro y con una cuerda en la cintura era la única armadura que llevaba, y por más que miraba alrededor no había rastro de arma alguna. Solo hierba hasta la pared esférica, más rojiza que morada.

-Se te ve más fuerte y decidido, pero temo que ya alcanzaste tu límite. Te cuesta controlar tu nuevo poder.
-Qué triste llegar al límite a los diecisiete años, ¿no crees?

Religión permaneció sentado en su trono, con los brazos extendidos apoyados en él. Extremadamente tranquilo, y siguió hablando con aquel tono intimidador y retumbante.

-Crees ir por el camino correcto, pero cada día que pasa te alejas más y más de la verdad. Yo te entiendo.
-Tu verdad, querrás decir.
-Soy Dios. Soy, por definición, inmortal, omnipotente y omnipresente. Y estoy viendo ahora mismo cómo te rindes mientras tu mundo se desmorona... un sacrificio que hay que realizar para salvarte.
-Eres un dios que solo tenía sentido hace miles de años y que en la actualidad solo cabe en un espíritu de cinco años de madurez -sus ojos brillantes me absorbieron al mirarlos, y tuve que hacer fuerza para poder apartar la mirada. Me aparté el flequillo de la frente -. Jamás podré conseguir que muevas un solo dedo hablando. Da asco discutir contigo, y al contrario que antes, ahora el significado de tus frases me resulta vacío. Me resulta...

Los ojos de Religión brillaron aún más entre las paredes rojizas formadas por el núcleo. Una imagen que se grabó en mi mente, y por más que cerraba los ojos siempre los veía ahí, y apretándome la frente retrocedí unos pasos.

-¿Quieres luchar? ¡Hazlo!

Paró la visión, y en cuanto recobré la consciencia alcé mi espadón gritando con fuerza.
Arremetió el metal contra su cuerpo sin protección, sentí como cortaba el aire y golpeaba duramente sobre la piel del adversario.
Pero mi acero no pudo cortar ni la tela de su túnica.
Polvo y tierra se levantaron cuando choqué con fuerza contra la tierra.
Fui a incorporarme dolorido, pero la imagen de su mirada de nuevo apareció en mi cerebro y me volvió a tumbar.

-Es imposible ganar, Carlos. Estás muerto.

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