6 de enero de 2013

Recuerdos perdidos.


-¡Traidor! -gritaba refiriéndose a mí.

Todas las miradas se fijaron en mi persona, mientras sus armas permanecían estáticas en el cuello del cuerpo más cercano, dispuestas a desgarrarlo en cualquier momento.
Una sombra emergió entre todas.
Lo hizo repentinamente. Nadie sabía que estaba allí hasta que apartó sin miedo ni prisa aquellas espadas y lanzas que se interponían entre aquella figura y yo.

-A nadie no. Yo lo sabía.


Luchadora apareció entre todos, a mi lado y la cara sombría. Su pelo, más largo y oscuro que la vez que la conocí y sin coleta alguna, y vistiendo una armadura de cuero pensada específicamente para la batalla. La espada adornaba su espalda con su punta rota, y sus ojos más profundos y tristes que nunca me miraron con su línea corrida por el llanto.
Todas las armas dejaron atrás el anterior malentendido y nos apuntaron a los dos, asustados.

-Luchadora... -ella desvió la mirada apretando el labio inferior contra su superior.
-Es cierto que Mil Mentes planeó destruírlo todo, pero no es ningún asesino. Estaba asustado, y le faltaban conocimientos que ahora posee. Él...
-¡Es un traidor!
-¿Qué podemos hacer con él?

Varios gritos se escucharon, provenientes de mis mentes con menos fortaleza. Ella esperó, algo nerviosa.

-Él pensaba que Sever también reinaba en parte de nosotros. No lo hizo por maldad, lo hizo por desconfianza.
-¿Y qué vamos a conseguir si nuestro líder y amigo no confía en nosotros? -preguntó Razón, aturdido por la noticia.
-¡Ha habido un cambio! Ahora mismo Mil Mentes confía en nosotros.
-Claro... -intervino Eissen andando lentamente hacia ella con las manos desnudas, como siempre -. Así que él confía en nosotros. Pero no sabe en quién de nosotros confiar. Mira a tu alrededor -alzó los brazos e hizo con ellos un barrido por toda la sala -. ¿Y si tú eres una traidora?
-Si quieres saber quién es un traidor, fíjate en quien no tiene Clon Blanco -contestó con desprecio acentuando cada sílaba.
-Te animo a que me los pongas a todos en fila -comenzó a reír -. Estoy de acuerdo.

Eissen se dio media vuelta, dirigiéndose a todos los presentes comenzando a pasear en una órbita a nuestro alrededor.

-Si quieres llegar a lo más alto, debes aceptar sacrificios. Purgar todo lo que es erróneo...
-No hay nada erróneo ni cierto, Eissen -interrumpió Relativismo.
-La opción correcta es la destrucción total. Total -me miró Fuego, acusándome como siempre.
-Debemos parar. ¡Debemos especializarnos en algo y dejar de reinventar y seguir avanzando!

Eissen levantó las manos hasta su cuello, con las palmas abiertas hacia arriba.

-¿Me dejáis terminar? -continuó al ver todos los miembros de la sala en silencio -. La filosofía de Mil Mentes estaba anticuada, fundamentada en principios erróneos y cimentada sobre un mal suelo -pisó fuerte -. Este nivel, el segundo, es en sí un cáncer ahora mismo. Nos encontramos en un bucle autodestructivo y si queremos avanzar, no nos queda otra que destruir a Sever. Es parte de Mil Mentes, pero no todos somos parte de él. Propongo acabar con los que sí sean.

Paró para coger aire y mirar a los de alrededor. Para mirar a Luchadora.

-¿Y quiénes son? -preguntó uno.
-Es obvio. Aquellos que no lo repudien, no quieran verlo muerto o no quieran batallar.

La sala se encogió en una aspiración compartida de aire cargado de consternación. Como el corazón que se contrae justo antes de expandirse, decenas de mentes apuntaron a los que Eissen, el purificador, el aceptador de sacrificios, el cambiador del mundo, había apuntado.
Tiraron a Servatrix de sus cabellos rubios y largos hasta su cintura hacia el suelo entre gritos de "traidora". Razón no toleró aquella  imagen, y con un fuerte puñetazo derribó al matón, no sin ser neutralizado después por tres mentes. Stille clavó su daga en el hombro de Impaciencia y con sus puñales se dispuso a defenderse.
Optimismo fue atacado de pronto por uno de los defensores de la paz, haciéndole retroceder.

El mundo se quemaba a mi alrededor, el fuego comenzó a brotar a pesar del océano que no podía ahogarlo. No abarcaba con Sever y los míos comenzaban a pelearse entre ellos, a pesar de estar agotados...

-¡Parad! -grité, con lágrimas que no podían verse en los ojos -. ¡Parad, maldita sea!
-No van a hacerte caso -dijo una Luchadora abatida, que noqueó a una de las mentes que fue a por ella en un momento.
-¿Por qué?

Ella clavó sus profundos ojos en el fondo de mi alma. Y por un momento, sentí como si estuviera con ella en el destruído Templo de las Mentes Carmesí, aquella mirada que me reconfortaba y daba ánimos justo antes de sus clases de lucha. Me sentí acariciando las praderas de las colinas que se encontraban en el nivel que podían ver todos.
Sentí cómo en el primer nivel ella y yo contemplábamos conformistas pero preocupados cómo las islas flotantes de las que se componía mi primer mundo descansaban colisionadas por el frío y seco suelo del desierto y besadas por el oleaje marino...
Cómo entre la niebla del tercer nivel, junto al edificio derruído en el cual derroté a aquel veneno, mi pecho comenzaba a curarse de su mal y, mirando el lugar donde mi enemigo dejó de existir y luego al cielo, ella me observaba desde la línea del horizonte, apoyándose en su espada, más débil que en los otros niveles pues había sido consciente de una realidad de la que aún no me había dado cuenta...
Como si existiese en todos los niveles a la vez.

-Porque no estás coordinado con nosotros -dijo con aquel tono melancólico pero recio al que me había acostumbrado -. Depositaste elementos tuyos en cada uno de nosotros, pero el resto de nuestra totalidad se compone de aquello que aprendiste de otras personas, aquello que entendiste, pero no comprendiste. No... integraste... eres parte de nosotros, pero no somos en nuestra totalidad parte de ti. No somos uno aún...

Entonces lo vi todo con claridad. Entre las chispas del acero, los jadeos de tensión que suplicaban que no comenzasen demasiado pronto los asesinatos, con las herramientas de mi mundo más útiles amenazándose con la muerte, lo vi todo con claridad.
Recordé mi última lección en el Templo de las Mentes Carmesí, frustrada por Sever, donde envié el cofre al lugar más lejano de mi alma con algo de contenido dentro... El cofre...
El miedo me hizo olvidar quién era. El miedo me hizo ser alguien capaz de entender a cualquiera, pero no de asimilar realmente sus enseñanzas. Me había convertido en un ser realmente prepotente que debajo de aquella cáscara, se encontraba vacío...
No recordaba del todo quién era.

Una luz brilló en toda la sala, la luz de mi alma, incrementada por el cristal escondido bajo la ropa que robé al veneno que amenazaba con destruírme poniendo a mi amiga Oscuridad como excusa.
Y yo desaparecí, estando en todas partes y en ninguna, cayendo al suelo mientras me evaporaba rápidamente.


Mis recuerdos se encontraban perdidos.
Y si los había perdido, debía encontrarlos.

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