20 de enero de 2014

La luz antes del abismo.


Como siempre, todo estaba revuelto, pero confiaba religiosamente en que al fin la paz llegase a mi mundo algún día. Los traumas eran difíciles. Pude haberme resignado... pero no lo hice.
Guardo un especial cariño a la única calma que hubo en mi vida. Fue próspera, fue reparadora...
Fue un engaño.

-¡Esta arma me pertenece! -lo decía, pero al tiempo se escurría de entre mis dedos para aparecer en los suyos.


Sus ojos dorados, brillantes, no lucían ninguna sonrisa. Una piedra precaria caía de una pared, y su sonido rebotó varias veces en las ruinas rodeadas de pastos calcinados o llameantes. El cielo era gris, el aire lleno de humo también. Yo resoplaba mientras él cogía aire para hablar.

-No, amigo... este espadón me pertenece a mí ahora. Entrénate contra él. Porque la próxima vez que lo veas desenvainado querrá atravesarte el estómago.

Sin sonreír ni huida triunfal escapó de allí, serio y solemne. Miré mis manos, sin arma, y palpé mi estómago sin saber que año y medio más tarde cumpliría su palabra y una cicatriz de supuración blanca me daría un tiempo límite para derrotarle.
El frío y el acero, al sol y el descanso. No era consciente, pero había acabado. Sever seguía vivo, pero le derrotaría. Religión había muerto, con ella mi miedo a la muerte y por fin era libre para labrar mi propio destino. Gimiendo al arrodillarme, cogí aquello que apareció cuando el enemigo fue desintegrado.
El viento azotaba las esquinas del pergamino grueso que acariciaba entre mis manos. La moraleja a la fábula del dios muerto.
"Tu lado oscuro es mucho más que un ente. Se encuentra en cada rincón de tu mundo, en cada ser, empañando lo que te rodea".
Y allí encogido en el suelo, con las pupilas diminutas, la boca abierta y la cara pálida, reflexioné sobre el contenido del pergamino. Pensando que si quería acabar con Sever, debía demoler cada construcción de mi mundo, juzgar cada logro obtenido y matar cada mente que había dado su vida por mí hasta ahora.

Lloré varias veces, apoyado en una roca caída del techo del templo, hasta que tuve fuerzas para volver a casa. Contemplé mis opciones, repasé bien el sentido y la coherencia del mensaje. Y lo cierto es que no sabía qué era Sever, sentía que mi personalidad no era más que una creación artificial y con ansiedad en el pecho pensaba que aquel problema me superaba. Debía crecer, debía ser más fuerte e investigar más sobre él si quería aspirar a derrotarle, y luego debía acabar con todo lo que había hecho, y asesinar a todos mis aliados en una gran explosión coordinada de la cual solo yo quedase vivo.
Un nombre se me vino a la cabeza, uno que no reconocía entonces. Eissen. Me sorprendí a mí mismo por la frialdad con la que planeaba la destrucción orquestada de mi personalidad, y sentí que ese sentimiento debía guardarlo bien adentro, antes de que cualquier mente pudiera enterarse. Si lo hicieran, no tendría aliados contra Aura Carmesí y sería imposible mi victoria.
Guardé ese sentimiento bien adentro, donde no tuviera tiempo para pensar en él. Me di asco cuando volviendo a las islas flotantes me recibieron las mentes con celebraciones, vítores y abrazos, pero no me di cuenta porque ya había olvidado por qué debía sentirlo.

Pasaron los meses entre los estresantes exámenes de segundo de bachillerato. Nada ocurrió en mi vida, salvo el tiempo. Poco a poco, tanto como me dejaba un sistema educativo que presiona y no hace justicia, mis colinas fueron tornándose verdes de nuevo. Verdes de nuevo, pero habían cambiado. Algunas crecieron hasta convertirse en montañas, escarpadas algunas, suaves otras, con barrancos, pendientes suaves y precipicios. El derrumbamiento del Templo de las Mentes Carmesí, además de la sima provocada por Religión, reveló en su lateral un acuífero enorme que se encontraba bajo él y un lago se formó en la depresión del terreno que se encontraba junto a él. El agua llegó a inundar las puertas rotas del antiguo templo.
Las islas prosperaron. Repar, ayudado por Optimismo, Stille, Susurro, Luchadora y Humilde logró sanar el daño provocado por el presunto dios. Islas partidas volvieron a unirse, las destruídas se regeneraron, la Isla Polar fue acercada ligeramente al resto de islas por precaución para posibles enemigos, y los daños causados en la Isla Magna y el Observatorio fueron también solventados, con algo más de esfuerzo. El Corazón acabó oculto de nuevo.
Repar asistió también a Servatrix con los heridos. Ella no sabía regenerar partes del cuerpo, por lo que Social estuvo prácticamente a su cargo hasta que pudo mover con normalidad el brazo amputado por Sever. Tardó varios meses en recuperarse, pues se encontraba deprimido.

-Es Sever, Mentes -me comentaba recostado en la cama de la enfermería -. Me da miedo. Vi cómo a las demás mentes las hería, y te aseguro que a mí me cortó como si fuera una cartulina -gemía de dolor, a veces -. Es como si su ira me debilitase especialmente, y temo por fallar en mi misión. Temo que las conclusiones de Razón sean ciertas. Si realmente para eliminarlo de nosotros hace falta que libere todo su potencial, tengo miedo de que te quedes sin amigos.

Erudito comenzó a recopilar lo ocurrido y aprendido, y junto con su hermano pequeño elaboraron teorías. Investigaron cada escena de la batalla como niños en su juego favorito, filosofando sobre la muerte y el pensamiento de Nietzsche y otros críticos a la realidad inocente. Sus ideas nos hicieron prosperar, y crecer. Pronto Razón se convirtió en un líder no oficial, nuestra cabeza y coordinación. Patrullaba por las noches las islas, destruyendo los monstruos que lograban pasar por la barrera cada vez más sólida de las colinas.
Y allí en las colinas solía pasar mis ratos muertos, regodeándome de la victoria en aquella capilla derruída, mirando el cielo azul que se posaba sobre el acantilado que Religión creó en su último ataque devastador. Un día, una persona me sorprendió en las colinas. Sombra, mentalmente destruida, caminaba lentamente con una pierna muy herida y lágrimas en su rostro. Me pidió ayuda, y la escuché. Me dejó por Desgarro, y él maltrató su mente poco más de un año. Colapsada decidió huir en la única persona que podía curarla. Ella me abandonó, y yo la perdoné y di fuerzas, preparando una cama improvisada con piedras y telas en las mismas ruinas donde acabó recuperándose a mediados de mayo.

-¿A eso te dedicas cuando estás solo? -apoyada en una puerta rota apareció un día mientras no hacía nada -. Venga, no vivas de las rentas, trata de crear algo nuevo.

Siempre dijo que a mi vida le esperaba una gran aventura.

-Bueno... -aparté la vista de la cruz rota -, si esa aventura que dices es tan grande, ¿por qué no viene a mí y nos ponemos a prueba?

Rió, acercándose hacia mí como en los viejos tiempos.

-Venga, vámonos de aquí -el silencio nos rodeó varios segundos hasta que cruzamos el umbral -. Tengo que decirte algo, Carlos. Mi vida ha cambiado radicalmente estos años, y no puedo permanecer mucho contigo.

Me contó que debía comenzar a trabajar, que viviría varios años lejos del barrio, y nuestros círculos eran completamente diferentes. Me dijo que podía superar todo lo que me propusiese, y temí proponerme demasiado. Nos fuimos distanciando poco a poco, hablando cada mucho, perdonados, y la llama de rabia de mi interior por su traición se apagó mucho.
Pero el bachillerato no perdona. Y no lo hizo conmigo, que presa de la política extraña de evaluación de mi instituto me envió a septiembre con las esperanzas de cursar psicología prácticamente destruidas. Realmente era bueno comprendiendo a la gente, y después de años de observación y lucha contra mis propios males había adquirido una técnica de mérito, mucho más de lo que tenía casi cualquiera. Pero no contaba el talento sino la nota. Mi mundo se vino abajo, y cayó la noche durante varios días.

-¡Mentes! -Razón sacudió mi hombro para despertarme -. ¡Tienes que ver esto! -miró al resto, que dormía -. ¡Todos en pie! ¡Hay alguien fuera que quiere veros!

Me preocupé. Salí corriendo del Observatorio antes que todos, pensando en Sever. Pero tapado al principio por la sombra de un gran pino, con su sombrero con pluma, su capa y estoque, bien vestido como siempre, Desánimo se mostró ante nosotros con una tímida sonrisa. Me quedé desencajado al verle, porque no sabía que las mentes pudieran resucitar y recuperarse. Y desde luego, resucitar era su gran poder oscuro, porque los reveses duros de la vida no podían impedírselo al que al vivir desearía sufrir débil y al que al permanecer en la muerte le alegraba por no molestar a nadie. No me alegré por su vuelta, pero una orden moral me hacía sentir algo de gratitud por su sacrificio en la batalla. No lo comprendía del todo, pero de nuevo estábamos todos vivos.

Junio pasó deprisa, animando desde casa a los amigos que sí harían la selectividad en verano, lleno de envidia, de rabia y culpa. ¿No era inteligente? Lo intenté de veras, pero no se puede crecer y estudiar tanto al mismo tiempo. No había dado lo suficiente, y lo sabía, y sabía que no merecía ir al último campamento de verano como chaval de mi vida. Pero no me arrepentí.
Conocí a Oscuridad. Se acercó el sexto día, cruzando sus piernas en la roca, sentada frente a mí. Me habló. Me dejé embriagar por su presencia. Aquel día conocí a una persona maravillosa, que llenó en seguida mi vida, cogió la llama de ira sembrada por Sombra y apretándola con sus manos la apagó al instante. Tenía traumas con las mujeres, y ella me los quitó. Me encontraba avergonzado por mi suspenso, y ella me dio ánimos. Me contagié de su filosofía, porque era la que llevaba necesitando bastante tiempo.
Ella pensaba que las cosas complejas eran las que embellecían la vida, las que hacían que valiera la pena. Somos seres inteligentes, y aquellas cosas que nos hacen pensar y crecer son las más valiosas. Lo mismo sucedía con las personas, según ella. Cuanto más complejas eran, más las quería y apreciaba, esperando enriquecerse de sus presencias y aportando a estas su propio granito de arena. La madurez era complejidad, y plenitud.

Estas premisas fueron un detonante en mi forma de ver la vida. No tenía objetivos más que derrotar a un enemigo inalcanzable, y de pronto toda mi vida se convirtió en un objetivo general y particular. Necesitaba más complejidad. Necesitaba ser más complejo, entender mejor cada parte de mí mismo y relacionarlo. Necesitaba ser más fuerte y maduro, y recordé que antes de que Religión y Sever se entrometieran quería llegar a la perfección moral, a un nivel de entendimiento del mundo tal que me fuera imposible cometer un error ético o de valores.
E ilusionados, nos pusimos a ello. Yo grité la orden, y lleno de alegría Razón enviaba a Stille y Susurro a investigar nuevos horizontes. Erudito comenzó a leer y elaborar nuevos libros, y la biblioteca empezaba a quedársele pequeña. Social, a regañadientes, modulaba cada conversación con el objetivo de que Razón pudiera buscar y analizar el nivel de complejidad de cada individuo. Ilusionados, progresábamos. Y reflexionábamos aquel verano como si fuera el último, y permanecimos hasta aquel día.
Hasta aquel día.

El sonido del mar rompiendo en la playa era agradable, pero no me parecía tan relajante como a aquellos cursis con corazón de mujer. La hierba bajo mi cabeza era fresca y limpia. El cielo era azul, era azul y muy grande. Demasiado... no había ninguna isla flotando sobre mi cabeza.
Me levanté extrañado mirando en derredor. La hierba era más clara de lo que estaba acostumbrado, y los árboles junto a él no eran pinos, eran... corrientes. Posiblemente fueran frutales.
Alzando la vista, la hierba comenzaba a difuminarse y mezclándose con la arena blanca de la playa, donde las olas oscuras se perdían. Solo la línea de costa era muy recta, y si daba media vuelta solo podía ver verde, verde, hasta perder la vista. Una niebla considerablemente alejada me impedía ver más. Una voz cortante y susurrante rompió el agradable silencio natural.

-No te fíes.

Girándome de pronto, en el lado de la playa permanecía erguido Sever, serio y sin armas. Después de tanto tiempo desaparecido, le veía en aquel lugar tan extraño.

-¿Qué quieres?
-No te dejes llevar por las apariencias, Carlos. No todo es lo como parece. Recuerda esto.

Gruñí, con gesto agresivo.

-¡Dime dónde estoy!
-Lo sabes perfectamente -alzó su brazo, para señalarme con él -. No hagas ni un solo movimiento... o te controlaré de nuevo.

Se fue justo antes de que gritara que lo hiciera. Respirando profundamente por la nariz y con gesto de enfado, permanecí un rato de pie antes de sentarme.
¿Dónde estaba? Había niebla en la lejanía, permanecer en aquel lugar consumía mis energías más rápidamente de lo normal, y aquellos brillos y texturas... La respuesta no tardó en aparecer.

Aquello era mi mundo. Un nivel más abajo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario